
Una noche a la edad de nueve años leí un cuento que me hizo llorar.
Estaba metido en la cama.
Del otro lado de la ventana era julio; pero bien pudo haber sido octubre.
La luz de la luna se metía por una rendija de las cortinas y me pintaba la cara de blanco.
Eso no tenía ningún sentido. Un niño de nueve años sabe sin lugar a dudas que los niños de nueve años no lloran lo mismo en verano que en otoño.
Me dije: “Los niños de nueve años saltan obstáculos y golpean al balón. Los niños rompen tablas y suben escaleras. Se preparan para ser doctores o arquitectos. Usan cascos de seguridad amarillos y botas con protector para los ortejos. Cuelgan de la grúa o venden herramientas tan duras y poderosas como martillos y sierras”.
Me metí a las cobijas y seguí llorando dentro.
Mira, hay un cristal que lo protege todo, debes haberlo visto alguna vez.
Bueno, pues esa noche se rompió en mil esquirlas que al caer desperdigaron la luz de la luna por todas partes.
Una imagen tan bonita como peligrosa.
Esa noche supe que sería escritor, y me corté con una esquirla.
Bueno, escritor y cetrero.
Y me corté con otra esquirla. Todavía tengo las cicatrices.
Lo de cetrero es porque no se puede estar tan adentro sin un ancla muy afuera, tan afuera como el viento. Al menos eso creía yo una noche de julio a los nueve años.

Así, durante las tardes viajaría en un tren rumbo a la ciudad más oscura para encontrar la entrada al mundo de futuro; y por las mañanas llevaría a volar a mi aguililla de harris a las lindes de un cerro verde para cazar ratones, lagartijas, golondrinas y posarla en las ramas de un enorme sauce.
Obvio, viviría en las lindes de un cerro verde. También lo decidí esa noche.
Los cerros son los mejores lugares para escribir. Todo el mundo sabe eso.
Crecí con las ganas de contar historias.
En mi adolescencia, llegaron al pueblo algunas ferias para celebrar al santo patrono. Con ellas llegaron atracciones alternas:
Observe al niño que se volvió araña por una maldición. Descubra al gato de cinco patas. Admire al gorila que una vez fue una hermosa mujer.
Y supe entonces que las historias que debía contar pasaban por lo extraordinario.
Ya pasaron muchos años desde la noche en que me corté con las esquirlas y lloré bajo las sábanas.
Hoy vivo en la falda de un cerro que en verano se pone muy verde.
Soy escritor.
Me faltan el guante y la capucha de cetrero. Pero aves tengo muchas.
Aquí vuelan tecolotes por las noches y peregrinos de día.
Habitan en mi corazón seres maravilla y objetos extraordinarios.
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